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Mensajes del consiliario para la Semana Santa de 2020

Sábado Santo

Sábado Santo. Es  día de silencio esperanzador. Es momento de acompañar a Jesús en el reposo del sepulcro. Es momento de orar con el silencio de la Madre. Es momento de decir: Padre nuestro, mira a tus pobres criaturas de la tierra, reactiva nuestra fe, aviva nuestra esperanza ante el misterio de la muerte de tu Hijo Jesús. Es el momento de recordar sus palabras: "Si el grano de trigo no cae en tierra y muere no puede dar fruto". Caiga su sangre sobre nosotros, gritaban los que contemplaba tu suplicio. Todo se ha cumplió, gritaste tú, Señor. Ahora, en el silencio de este día te pedimos y gritamos desde lo hondo de nuestro corazón. A ti levanto mis ojos. Daños la fuerza pata llevar a la práctica tu mandato de amar. Danos la gracia para aceptar con alegría la cruz. Ayudanos para que descubramos que la única manera de seguirte es la de entregarnos a los hermanos con un amor sin medida, con un servicio generoso como el tuyo, sin esperar nada a cambio.

Te acompañamos, Señor, en el silencio de tu descanso, esperando el momento  de tu triunfo sobre la muerte y el pecado. Es momento de darte gracias, por tu fidelidad a la voluntad del padre. Por tu entrega generosa, por tu amor hecho Misericotdia.

Y gracias a ti, Madre. Te acompañamos en tu dolor corredentor. Contigo esperamos el gran momento de la victoria y te pedimos nos ayudes a vivir estas horas con la esperanza de la feliz RESURRECCION de tu Hijo. Madre dolorosa. Ayúdanos a vivir el nuestro con la entereza y desde la fe con la que tú lo viviste.

Y que el silencio lleno de esperanza de este día nos haga gritar con fuerza: "No temáis, Cristo ha vencido a la muerte y el pecado. Hay esperanza porque Cristo ha RESUCITADO. Esperanzador Sábado Santo".

 

Con mi oración, mi bendición.
+Antonio Jurado Torrero

Consiliario


Viernes Santo


«Sabiendo Jesús que había llegado la hora de salir de este mundo para ir al Padre, habiendo amado a los suyos los amó hasta el fin», nos decía san Juan ayer al reunirnos para celebrar la cena del Señor. Es lo que hoy vivimos y celebramos, al reunirnos desde la comunión, la entrega de Jesús en la cruz. La Carta a los Hebreos nos dice que nos acerquemos a la cruz de Cristo a venerar su amor y al mismo tiempo aprender desde el dolor a vivir la voluntad de Padre como hizo Jesús. Cómo nos cuesta entender en estos momento duros y difíciles la voluntad del Padre. Es necesario mirar la cruz de Cristo para aceptar su voluntad como rezamos en el padrenuestro. Permitidme que subraye tres momentos desde la palabra que proclamamos en esta celebración. Dice el profeta Isaías: «Mi siervo tendrá éxito». Qué terrible paradoja: vapuleado, humillado, ante el cual se vuelve el rostro y tendrá éxito. Sin duda, tú y yo somos su éxito. Sí, gracias a su entrega podemos acercarnos al trono de su gracia que es la cruz para recuperar la esperanza, para alcanzar el perdón. El segundo subrayado es también sorprendente. «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen». El ofendido pidiendo perdón por los que le ofenden. El ultrajado abogando por los que le ultrajan, excusando a los que le crucifican. Hasta ahí llega el amor de Cristo, hasta la plenitud, así es porque su amor es infinito. Que grandeza y generosidad de su amor. Y el tercer subrayado: «Tengo sed». Tiene sed de que nos llenemos de su amor. De que nos dejemos guiar por su verdad. Para que descubramos la vida que nace de su muerte en la cruz. Una última consideración. La liturgia aplica a María estas palabras del libro de las lamentaciones: «Oh vosotros que pasáis por el camino, mirad y ved si hay un dolor semejante al mío». Es dolor corredentor, de entrega amorosa. Pidamos a la Madre, el gran regalo que nos dio Jesús desde la cruz, que sepamos aceptar el dolor, la cruz de cada día con esperanza y con deseo purificador por nuestra traiciones, abandonos y pecados. Contemplemos la cruz de Cristo con esperanza y la veneramos desde el amor.
Con mi oración, mi bendición de hermano.

 

+Antonio Jurado Torrero

Consiliario


Jueves Santo


«Este día será memorable para vosotros y lo celebrareis como fiesta del Señor», nos recuerda el libro del Éxodo.
Día memorable en el que Jesús nos deja su presencia real en la Eucaristía. El sacerdocio para servirla cada día y el mandamiento del amor para hacerle presente cada día. «Sin la Eucaristía no podemos vivir», decían los mártires de Cartago. No es un lujo, sino una necesidad. No es un precepto, ni una devoción, es una exigencia para el discípulo de Jesús. Cuando el sacerdote nos despide después de la celebración, no significa «hemos terminado». Es una invitación a hacer de la vida y de cada momento Eucaristía. Entrega sin medida. Vivir la palabra con todas sus consecuencias. Hacer memorable cada instante. Hacer viva la presencia del Señor que me llama a servir a todos. Jueves Santo, día del amor fraterno. Celebrarlo como si fuera un cumpleaños creo es un error. Mejor decir: es el día en el que el Señor me recuerda que amor es el estandarte del cristiano. Que por el amor se darán cuenta que somos discípulos del que nos ha amado hasta el fin. Que el amor nos lleva al servicio sin distinción. Que es el único precepto del Señor y viviéndolo llevamos a la práctica todos los demás. Es día sacerdotal. Pidamos como cada jueves, al Señor, que nos conceda sacerdotes santos. Pedid por mí para que sea fiel al Señor en todos los momentos de mi vida. Gracias por vuestro cariño. Feliz día de la Eucaristía, del sacerdocio y del amor fraterno. Con mi oración, mi bendición. Hoy tengo la suerte a pesar las circunstancias, de poder celebrar con mis hermanos de la cada sacerdotal la Cena del Señor.

Estaréis todos en mi corazón. Un abrazo.

+Antonio Jurado Torrero

Consiliario


Miércoles Santo


En este Miércoles Santo escuchamos el tercer cántico del siervo y nos sigue presentando la misión encomendada. Hoy nos dice que la encomienda es: «saber decir una palabra de aliento al abatido». Pero antes de poder decir esa palabra de aliento tiene que escuchar a Dios. Y una vez más encontrará obstáculos en su misión. Hoy vemos que son dramáticas. «no oculte el rostro a insultos y salivazos». Y una vez más su confianza la pone en el Señor: «El Señor me ayuda». ¿Acaso nosotros no estamos llamados a abrir los oídos para que escuchar al Señor para seguir sus caminos y poder decir también una palabra de aliento a tantos abatidos por la realidad que estamos viviendo? ¿Somos en verdad oyentes de la palabra? ¿Reconocemos que antes de enseñar, tenemos que aprender? ¿Cuál es nuestra actitud?   El Evangelio de hoy en el que Mateo nos ofrece la misma realidad de ayer, pero con algún matiz, nos invita de nuevo a la reflexión. ¿Acaso Judas no oyó con frecuencia la palabra de Jesús? Pero esa palabra no coincidía con su proyecto. El de Jesús era: servicio, humildad, perdón, desprendimiento, pobreza... Estas exigencias no entraban en su ideal. Tal vez por eso fue fraguando en su corazón la traición, el odio que le llevó a decirle a los dirigentes religiosos, cuanto le daban por su traición. Que hipocresía la suya. ¿Soy yo? Que distinta la actitud de Jesús en el momento de la entrega. ¿Amigo, a qué has venido? Hasta el último momento Jesús le brinda su amor. Es lo que Jesús hace siempre. También con nosotros a pesar de nuestras traiciones. ¿Acaso nosotros no le vendemos en ocasiones, cuando no llevamos su palabra a la vida? ¿Cuando no amamos como Él nos ha enseñado?  ni Cuando nos creemos superiores a los demás y pensamos que ya estamos convertidos? ¿Cuando nos olvidamos de que cualquier cosa que hacemos a los demás se lo hacemos a Él? En este miércoles de misericordia, reconozcamos humildemente nuestras traiciones y confiando en su misericordia pidamos perdón, porque ha venido para darla y decirnos palabras de consuelo a los que estamos abatidos por el pecado. Gracias, Señor, por tu bondad y perdón.
Del Señor recibí la tradición: «Esto es mi cuerpo entregado. Este cáliz es la nueva alianza...así pues siempre que coméis de este pan y bebéis de este cáliz, anunciáis la muerte del Señor», nos recuerda San Pablo. «Comprendéis lo que acabo de hacer con vosotros? Os he dado ejemplo para que hagáis lo que yo he hecho con vosotros».
Con mi oración, mi bendición de hermano.

 

+Antonio Jurado Torrero

Consiliario


Martes Santo

 

Unidos en la oración y en comunión. Hoy escuchamos en la primera lectura el segundo cántico del siervo elegido desde el seno materno para una misión concreta: «Ser luz de las naciones, para que la salvación de Dios alcance hasta el confín de la tierra». Pero el siervo no tendrá éxitos fáciles. El Evangelio nos confirma esta afirmación. En ese momento íntimo de la última cena Jesús conmovido proclamó: «Uno de vosotros me va a traicionar». Qué delicadeza la de Jesús. Qué distinto el amor de Jesús, el amor de Dios para con nosotros. El amor de Dios es fiel siempre, su amor vencerá a la muerte. Para eso vino y esa será su victoria. Hoy nuestra mirada se dirige a Jesús traicionado, pero fiel porque no pierde su confianza en el Padre.
A nosotros nos toca preguntarnos: ¿Soy yo Señor? Cuáles son mis traiciones. Cuales mis abandonos. ¿Cuáles mis abandonos? Era de noche, dice el Evangelio. Cuando traicionamos el amor se hace noche en el corazón. Surge la tiniebla del abandono, la oscuridad de nuestras infidelidades. Digamos en este día con el salmo: «A Ti, Señor, me acojo no quede yo derrotado... Sé tú mi roca de refugio».
Con mi oración, mi bendición.

 

+Antonio Jurado Torrero

Consiliario